Lo que me enseñó un chimpancé

Si no habéis visto todavía el documental sobre la vida de Jane Goodall os lo recomiendo muchísimo. Hoy no hablaremos de ella, me guardo el As para otro día. Ahora hablaremos de lo que aprendí en una de las escenas.

Os pongo en situación. Un chimpancé se acerca a ella, que está tranquilamente sentada bajo un árbol. Parece que él se siente cómodo y apoya la cabeza en el brazo de Jane. Todo va bien, desde fuera crees que ella ha hecho algo bien para merecer la confianza intuitiva del mono. “Ah, claro… es una gran experta, sabe cómo comportarse, que no tiene que mirarlos fijamente y no intervenir a no ser que sea invitada. Bravo, Jane. Eres una gran profesional y muy buena y generosa. Buah, qué crack, seguro que le va genial en la vida”. (Estos y otros pensamientos similares podrían surgir viendo la escena).

Un instante después el chimpancé se levanta, se aleja, vuelve inesperadamente y le tira un palo. ¿La ha agredido? Y si es así, ¿por qué? Hace un momento parecía quererla. Y ella no ha hecho nada diferente al instante anterior.

Esto muy simple y muy tonto me lleva a cuestionarme si depende VERDADERAMENTE de nosotros cómo los demás se sienten con y respecto a nosotros. Cómo se comportan, lo que sienten, lo que piensan los otros ¿tiene que ver con nuestras acciones o nuestros comportamientos? Yo creo que no. Pienso que no importa si soy cariñosa o no. Si soy generosa o egoísta. Tacaña o espléndida. Habladora o introvertida. ¡No importa! Los demás actuarán siguiendo sus códigos, normas y pensamientos. Porque quién no conoce a alguien cariñoso cuya pareja le brinda constantemente desprecios. Personas generosas que raramente reciben retorno. Individuos muy secos que son adorados por su entorno. Y así hasta el infinito.

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Así que,  si no depende de nosotros, ¿qué nos queda? ¡Vivir en libertad! Eres un mono y me agredes, ¡pues muy bien! Es tu problema no el mío. Si me haces daño me pondré una tirita, o puntitos (depende) y a vivir que son dos días.

Eso sí, se confunde esta libertad de estar centrado en uno mismo y relativizar qué hacen y cómo reaccionan los demás con egoísmo. Y eso quizás nos lleve a pensar que si no somos suficientemente buenos con los demás no estamos obrando bien. ¿Eso es así de verdad? O es una trampa. Quizás estando bien, realmente bien con nosotros mismos, estamos haciendo un bien a nuestro alrededor. Y eso puede ser más positivo que cualquier acto concreto.

Esto me hace pensar en lo sorprendida que me quedé el día que aprendí que en caso de emergencia en un avión antes tienes que ponerte a salvo tú que ayudar al prójimo. Ese bofetada de lógica casi me mareó. Pero no puede ser más cierto. Si tu no estás, ¿a quien vas a proporcionar ayuda?

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